martes, 21 de marzo de 2017

Regreso al futuro.

Los que me conocen bien saben que, durante un tiempo, estuve tan involucrado en el desarrollo del voleibol murciano que, a mi instituto, llegaban por correo sobres a mi nombre, con entradas para los partidos del Club Voleibol Murcia (subcampeonas de Europa, categoría absoluta) para repartir entre los alumnos del propio instituto y de las varias ligas a las que estaba implicado, como jugador y entrenador. Se podría decir que casi tenía las llaves del pabellón Príncipe de Asturias, cancha oficial de los partidos de más alto nivel, pero si no las llaves, libre acceso, jugara quién jugara, entrenara quién entrenara. Los empleados de la instalación me conocían por mi nombre y me dejaban moverme a mi antojo.

Así pude entrar en todos los entramientos que desee del Club Voleibol Murcia, antes de su desaparición, conocer a jugadoras profesionales, entrenar en un par de ocasiones, charlar largo y tendido con el seleccionador nacional del equipo masculino en algún partido en la ciudad y hacerme fotos con los grandes del "volei" nacional; Rafa Pascual, los hermanos Jover e incluso, hacer de "sparrings" a la selección nacional. Quizá mi "momento cumbre" en este deporte, fue cuando conseguí bloquear en un cara-a-cara al gran Rafa Pascual (mejor jugador del mundo en 1998) en uno de esos entrenamientos, sin saber, que veinte años después, volvería a ese preciso momento.

Ni siquiera mi "reinicio quirúrgico" consiguió borrar tan insigne momento en el que, Don Rafael, se elevaba por encima de la línea de ataque, con las rodillas dobladas y el brazo armado, y remataba sin piedad sobre dos adolescentes que trataban de interponerse entre el jugador profesional y el punto, con los brazos arriba, consiguiendo bloquear el remate. Aún puedo sentir el balón golpeando mi mano derecha y cayendo hasta el parquet, puedo recordar el orgullo que me llenó ante tan tremenda azaña, aquella sensación de invencibilidad. En aquel momento pensé incluso, me convocarían un día para jugar con la camiseta de España, cosa que nunca pasó.

Han pasado más de veinte años de todo aquello y, en los últimos tiempos, lo más cerca que he estado del voleibol, ha sido en una pachanga sin gloria, rítmo ni continuidad, en la playa del Bogatell, en Barcelona, un par de sábados de octubre, el año pasado. Desde entonces, por circunstancias, me deshice de mi mountain bike, que tantas horas de gozo me dió, dejé por un tiempo cualquier actividad deportiva y me mudé a la enorme ciudad de Berlín, con la esperanza de encontrar un futuro más halagüeno para nuestro retoño.

Desde que llegamos, han sido dos meses largos de crudo invierno alemán. Dos meses de no realizar absolutamente ninguna actividad deportiva sumados a los que ya llevaba de antes, cosa que siempre han sido mi "regulador-de-stress", relajante muscular y proveedor de noches de sueño profundo, ante una realidad que no ha resultado nada cómoda en los últimos tiempos. 

Ya no podía más. Ante mis frustrados intentos de adquirir una montura con la que desahogarme, pero que descarté por no conocer rutas de provecho, en la enormidad de la capital alemana, el no apuntarme a gimnasios en los que se exige una permanencia mínima de un año y el no poder, símplemente trotar por la calle, fruto de mis "rodillas de saltador", organicé un partido de voley entre aficionados por medio de una red social. En el momento de saber que dicho partido salía adelante no noté nada especial pero, conforme me acercaba al lugar donde íbamos a jugar, recuerdos enterrados en mi (mala) memoria, brotaron como agua de una fuente.

Me hice con unas rodilleras básicas y me enfundé en la poca ropa deportiva que me he traído a Alemania y, de esa guisa, me planté en un discreto pabellón de la zona oeste de Berlín, un frío y lluvioso domingo.

Los jugadores poco a poco comenzaron a llegar, con ellos, los primeros contactos con el balón y las primeras buenas sensaciones. El-que-tuvo-retuvo, dicen. Aunque muy oxidado, me noté cómodo, hice algunas buenas recepciones, algunos buenos remates y otras buenas jugadas. Aunque no faltaron pifias dignas de un novato; balón a la cara, al escurrirse entre los dedos, al colocar, o recepcionar descolocado, mandar el balón "a-las-quimbambas" y caer como un muñeco roto o, un clásico, enviar el balón, varias veces contra el techo, como si intentara ponerlo en la órbita de Marte.

En todas aquellas ocasiones "veía" a alguno de mis entrenadores gritándome "¡Vas a pasarte la tarde dando vueltas a la pista!" "Mi hija de cinco años lo hace mejor que vosotros" o, el de uno de los últimos, argentino, "Armador, ¿para donde carajo mandás la bola? ¿Querés decirme? ¡Me estás aguando el mate!" La verdad es que nunca entendí del todo a este último.

En los primeros sets equilibramos el partido cambiando jugadores y, de pronto, me ví rodeado de alemanes, en un cinco-para-cinco, España vs. Alemania. Curioso, al final, jugué un partido internacional "representando" a otro país. Sin uniformes ni himnos, comenzamos lo serio, a una intensidad inesperada.

Los lances del partido se sucedían y, en uno de ellos, me vi en un cara-a-cara con otro jugador, que se levantaba, como años atrás, lo hacía Rafa Pascual. Dejé de pensar y el instinto tomó el mando. Salí de mi posición de colocador, corrí hasta la posición del remate, doblé las rodillas, estiré los brazos y salté todo lo que, mi casi cuarentona anatomía, me permitió. Alcancé la altura máxima de mi vuelo al tiempo que mi rival golpeaba la bola, que salió disparada hacia delante. Estiré las palmas de las manos todo lo que pude, doblé las muñecas y la bola impactó en los antebrazos, seguí la trayectoria del balón mientras caía, al tiempo que lo hacía yo. No hubo apoyo, no hubo nadie que levantara la bola y el balón tocó el suelo.

Me hubiera girado como el rayo y golpeado el pecho varias veces. Hubiera chocado las manos, sonriente con mis compañeros, pero aquellos eran fríos y disciplinados alemanes, y salvo algún gesto de "mu´bien chaval" el partido continuaba.

Allí nadie fué consciente, pero en ese momento mi figura se estilizó, se me estiró la piel, desaparecieron mis canas y, gritos y vítores, llegaron desde la grada ... en aquel bloqueo, viajé veinte años atrás, y me interpuse, de forma inapelable, al "gran-y-poderoso" Rafael Pascual.